Calçotada, la fiesta culinaria que se ha puesto de moda

¡La calçotada está por todos lados! De repente, parece que no hay invierno sin calçotades, sin manos llenas de salsa romesco, sin el humo de la brasa flotando por el aire y sin mesas llenas de gente riendo y pelando cebolletas chamuscadas. Y no me quejo, eh, que una calçotada popular bien hecha es una fiesta redonda. Pero ¿de dónde ha salido esta fiebre por los calçots en la Comunidad Valenciana?

La calçotada, de Tarragona al mundo

Para quien no sepa de qué va esto, una calçotada es mucho más que comer calçots.

Los calçots son cebolletas largas y tiernas asadas directamente sobre llamas de sarmientos, envueltas en papel para ablandarse, peladas con las manos (¡hasta el codo!) y bañadas en salbitxada o romesco potente. Luego se sirven carnes a la brasa, butifarras, vino y sobremesa infinita.

Es una fiesta popular de las de verdad, nacida en las comarcas de Tarragona —especialmente en Valls—, donde los calçots tienen hasta Indicación Geográfica Protegida (IGP Calçot de Valls). Allí es tradición de toda la vida: familias, colles de amigos, pueblos enteros que se organizan para celebrar la temporada de calçots. Una fiesta culinaria con ritual propio, música, ambiente y un olor que se te queda en la ropa días.

De fiesta catalana a tendencia valenciana

Y ahora, en la Comunidad Valenciana, ¡las calçotades están en todas partes! No solo en pueblos como Alcosser, Beniarrés o Benissa, sino también en Alboraya, Borbotó, Les Useres, Catarroja, Meliana, Náquera, Manises, Puebla de Farnals e incluso en Castelló y otros rincones de Alicante.

Se organizan calçotades populars con cartel, reserva previa y programa completo que llenan plazas y campos.

Ya está en marcha la 6a Calçotada Popular de Alcosser (14 marzo), con jocs, vermut musical, dinar de calçots y conciertos vespertinos. Beniarrés celebraba hace tiempo ediciones con cientos de comensales, aunque últimamente no la veo anunciada. En Alboraya y la huerta valenciana, campos privados y restaurantes convierten estos eventos en reclamo invernal estrella.

Y lo mejor de todo: pueblos que de normal están medio vacíos se llenan de vida, de coches aparcados por todos lados, de olor a brasa y de risas que se oyen desde lejos. Esas plazas que durante el resto del año parecen congeladas en el tiempo, de repente bullen de gente que viene de otros pueblos, de la ciudad, de todas partes. ¡Pura dinamización rural!

Los restaurantes también se han subido al carro: menús de temporada con calçots de entrante y carne a la brasa de segundo, reservas completas los fines de semana de invierno en sitios de Alboraya, Catarroja, Manises o Puebla de Farnals. Y en los campos… pues mira, donde hace 10 años nadie cultivaba calçots, ahora hay productores locales como Marina Brotons en Cocentaina (Comtat) que los venden porque la demanda ha explotado. La gente los quiere, los restaurantes los piden, los pueblos los celebran.

Calçotadas everywhere ¿moda o nueva tradición?

Es brutal cómo algo que hace unos años apenas se conocía por aquí se ha convertido en la fiesta culinaria de invierno. Antes, si querías calçots, te ibas a Tarragona. Ahora tienes calçotada en el pueblo de al lado. Y no solo en el interior, en la costa también hay restaurantes que montan su particular versión.

¿Qué ha pasado? Fácil:

  • Instagram funciona: fotos de calçots humeantes, manos llenas de salsa, mesas largas llenas de gente… Es contenido perfecto.
  • Es fácil de montar: fuego, calçots, salsa, algo de carne después. Listo.
  • Es social: todo el mundo participa, nadie se queda sin mancharse, no hay protocolo rígido.
  • Llena pueblos: esos municipios pequeños que luchan por tener vida los fines de semana encuentran en la calçotada el reclamo perfecto.

Los restaurantes lo saben y llenan mesas. Los ayuntamientos y asociaciones también: una calçotada popular dinamiza el pueblo, trae gente, genera ambiente. Y los productores locales ven negocio donde antes no lo había. ¡Todos contentos!

Calçotada sí… pero con memoria valenciana

Permíteme compartir mi opinión sincera sobre esto, con cariño y sin ninguna acritud. Hasta hace poco, nadie celebraba calçotades por aquí. No era una tradición del País Valencià, igual que no celebramos el Tió de Nadal en Navidad.

Aquí lo nuestro es la paella y tantos platos de arroz —como el arròs a banda, el arròs al forn o el arròs negre—, pero esta tierra también brilla con naranjas valencianas de las que nos sentimos inmensamente orgullosos, oliveras que regalan un aceite inigualable, la fideuà de Gandía, el contundente all i pebre, el fresco esgarraet, la horchata con fartons, el turrón de Jijona o los buñuelos de calabaza.

Tenemos la Albufera de València y la Marjal de Pego-Oliva —dos zonas húmedas únicas que históricamente han sido el corazón del arroz valenciano, con variedades como el Bomba que ahora se recuperan—. Estos tesoros se han hecho tan universales que te sirven una paella donde menos te lo esperas —¡hasta en restaurantes de sushi o en Nueva York!—, pero por esta zona vas a probar una de auténtico sabor, mientras que al otro lado del país dudo que iguale esa magia.

Los calçots son de Tarragona, de Valls, de Catalunya. Y se me hace un poco raro verlos como si fueran de toda la vida por aquí.

Te pongo dos ejemplos de cómo han cambiado las tradiciones.

Primero, Halloween que se ha impuesto sobre Tots Sants: nunca hemos sido de disfraces terroríficos, lo nuestro era honrar a los difuntos llevando flores al cementerio a un familiar querido y bajar en familia a la Fira de Tots Sants de Cocentaina a pasar el día, comprando pescado en salazónbacalao o dulces típicos —y así terminaba la fiesta, envuelta en nuestro ambiente cálido y genuino—.

Segundo, el aguacate que está conquistando terreno al naranjo. Hace poco leí que en la Marina Alta un señor arrancó sus taronjers —naranjos que llevaban toda la vida — para plantar aguacate porque «ahora se lleva más». Me dio un pellizco en el corazón, aquí siempre ha sido un mar anaranjado infinito, ese paisaje que veías desde el coche camino a cualquier lado, nuestro oro eterno definiendo la tierra. Ahora esos campos se tornan verdes tropicales con cultivos ajenos a nuestra esencia y que no respetan del todo nuestro clima, y eso duele un poco.

Son modas que, poco a poco, transforman nuestro paisaje y costumbres, a mejor o a peor, pienso yo.

En casa, si mi padre encendía la brasa en esta época, no eran calçots: eran alcachofas a la brasa o cebolla tierna del campo, que evocan infancia y el auténtico terreno valencià.

No me malinterpretes, me parece fantástico que llenen mesas, organicen fiestas culinarias, que los pueblos cobren vida y los restaurantes prosperen. Si la calçotada reúne a los jóvenes, anima las plazas y oxigena la economía local… ¡adelante con todo!

Lo sano es recordar que no es tradición nuestra, sino una fiesta genial que hemos abrazado porque funciona y es guay. Y que, a la vez, nuestro vasto patrimonio gastronómico merece su protagonismo: tomate, alcachofa, embutidos, habas tiernas, aceite, olivas…

¿Y tú? ¿Has ido ya a alguna calçotada por aquí? ¿O prefieres las fiestas de producto bien nuestro? ¡Cuéntame en comentarios! 

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